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A la mañana siguiente eran ya las once de la
mañana cuando nos despertamos ¡Claro, había sido un día
agotador el de ayer!. Abrí la persiana, y me pareció muy
extraño: el coche de Mario no estaba, así que le pregunté a
Marta:
Cariño, ¿Y mi hermano?.
Supongo que en su
habitación, con Lorena... ¿Porqué?. – Llevándome las
manos a la cabeza, le dije:
Porque el coche no está.
- Marta, levantándose de la cama, dijo:
¿Qué?... Pero eso es
realmente raro. Voy a mirar en su habitación. Tal vez
hayan ido a por churros, ¿puede ser?. (Iba diciendo
mientras caminaba hacia su habitación).
Ya de regreso de la habitación de Mario, Marta
venía con una carta, y me dijo:
Arturo, ¿me ocultas
algo?.
No. ¿Por qué habría de
ocultarte nada?. ¿Qué ocurre?.
Pues no lo sé. Pero
después de leer esta nota me lo explicas, ¿vale?. Me dio
la nota, escrita del puño de mi hermano, en la que
decía:
“Arturo, espero
sepas perdonarme por marcharnos sin avisar. Es cierto,
tenías razón... aquí ocurren cosas muy extrañas, y no quise
poner en peligro a mi familia, por eso salimos corriendo y
sin avisar. Tú deberías hacer lo mismo y largarte... ¡Esta
casa no es segura!. Mario.
Después de leerla, dejé la
nota encima de la mesilla y miré a Marta, que tenía en la
cara esa expresión que yo conocía muy bien: estaba furiosa;
aunque también había algo de pánico en su mirada.
Marta, escucha, por
favor!!!. Yo quería contarte, pero... no quería
asustarte sin motivos, por eso... (Me cortó).
Para, por favor, Arturo!.
Me siento engañada. Sabes que intento confiar en ti,
pero necesito que tú también confíes un poquito en mí,
¿vale?. Es que, de verdad no puedo más: se vuelve a
repetir la situación de cuando vivíamos en Madrid. ¿Es
que piensas que ahora puedo creerme algo de lo que me
cuentes?. Creo que lo mejor será que David y yo nos
marchemos a casa de mi hermana por una temporada.
Sabía perfectamente a qué se refería cuando decía
aquello, a las veces que le decía que iría a casa nada más
terminar el trabajo, y me enrollaba con mis compañeros en el
bar... ella estaba harta de esto, y... tenía razón, la
verdad es que no me podía defender. Pero... ¡Ahora era
distinto!; el caso es que Marta estaba realmente furiosa, y
no podía decir nada en mi defensa. Así que, se me vino todo
abajo. Me sentía hundido en la miseria: habíamos comprado
una gran mansión, para cambiar nuestra vida ajetreada de
Madrid, y vivir todos más tranquilos y felices, y... ¿Por
qué tenía que ocurrirme esto a mí?. Perder a mi familia, que
era lo que más quería en este mundo. ¿Qué más podía
ocurrirme?. Ya no me importaba nada. Pero, era cierto, tenía
razón, así que le dije:
Tienes razón. Lo mejor
que podéis hacer es marcharos, estaréis más seguros.
Esta casa está maldita.
Así que, abrí el cajón de la mesilla y sin mirar
a Marta le di las llaves del coche.
¿No vas a coger tus
cosas?. Le dije.
No. Cuanto antes nos
vayamos mejor. Voy a buscar a David.
Fui a despedirme de mi hijo. ¡Se me hacía muy
cuesta arriba, pero era lo mejor, así que hice de tripas
corazón:
No olvides nunca, que tu
padre te quiere un montón, mi vida. Y cuida de tu mamá,
no le hagas enfadarse, ¿vale?. Le dije a David.
Pero... ¿Qué ocurre aquí?
¿A dónde vamos, mamá? ¿Cuándo volveremos a verte, papá?.
Por el camino te cuento,
cariño. Vamos al coche, ¿vale?. Cuanto antes salgamos,
mejor. Le dijo Marta.
Adiós, Papá (dándome un
beso y un abrazo de esos que parecen que paralizan el
tiempo).
Adiós, Arturo. Cuando nos
tranquilicemos todos un poco, ya hablaremos. (Con
lágrimas en los ojos).
Y se fueron los dos, ante mi mirada confusa, que
veía cómo se alejaba el coche. Y con las personas que más
quería en mi vida!!!
Volví a entrar en la mansión. En la gran sala,
noté cómo se me venía la casa encima, sentía una enorme
tristeza, estaba a punto de romper a llorar, cuando noté un
pequeño viento que recorría la casa, aún cuando todo estaba
cerrado. Revoloteó a mi alrededor. No sabía lo que era, pero
no me pude contener más, y grité:
¡Quien quiera que seas!!!
Déjanos en paz. Esta casa ahora es mía. Has conseguido
echar a mi familia, pero juro que conseguiré averiguar
qué es lo que ocurre aquí. No pararé hasta que mi
familia vuelva y podamos vivir tranquilos. ¿Me oyes?.
Me volví loco. De repente, me calmé. En la casa
se escuchaba lo que nunca: un silencio absoluto. No sonaban
cosas, no se movía nada, sólo el eco de mis gritos
desesperados y desgarrados. Cuando terminé de
tranquilizarme, decidí sacar a Nube a dar un paseo.
Fuimos hasta el pueblo. Vi la iglesia y pensé que
era una señal. Así que dejé a Nube atada a un árbol cerca de
la puerta, y pasé a rezar. Cuando vi al cura decidí contarle
lo ocurrido y pedirle ayuda.
Al párroco pareció no extrañarle, pues ya había
oído hablar sobre la mansión. Me dijo que intentaría
ayudarme, pero que, tal vez los espíritus necesitaran de mi
ayuda para solucionar temas pendientes y poder avanzar hacia
la luz.
¿Y si los espíritus
fueran malignos?. Se me ocurrió preguntarle, pues me
rondaba la cabeza.
Hijo, si fueran malignos
ya os habrían hecho daño, y no te dejarían salir de la
casa. Puedes estar tranquilo en ese sentido.
Quedamos en que se pasaría por la casa en cuanto
pudiera.
Cogí a Nube y me senté en la terraza de un bar:
tenía sed. El camarero según me vio ya me conocía, sabía que
era yo el habitante de la gran mansión.
Ya no me anduve con rodeos, como todo el mundo
parecía conocerme, y todo el mundo se atrevía a rumorear y a
preguntarme, pues... pensé que había llegado el momento de
hacer yo las preguntas; así que le pregunté:
¿Sabes tú algo de lo que
allí ocurrió hace años?, ¿Algo de todo lo que se
cuenta?.
Acercándose un poco a mí, y bajando la voz, con
mucho misterio me dijo:
Verás, mi abuelo me contó
alguna que otra vez que él era muy amigo de Jacinto, el
pequeño de la familia Salazar. Me dijo que solían
invitarle a los cumpleaños, y aquel año, cuando el
pequeño cumplía 10, mi abuelo al salir de la fiesta, vio
a tres personas merodeando la mansión (dos hombres y una
mujer) y les oyó decir algo sobre una nota después de un
trabajo. También me contó que oyó a la mujer decir algo
de que se iban a forrar cuando todo acabase. La mujer le
resultaba familiar, y creía saber quién era, pero nunca
estuvo del todo seguro pues al estar escondido, no la
podía ver con total claridad.
Y tu abuelo... ¿nunca
contó todo eso a la policía?.
Carlos, deja ya de hablar
y ocúpate de trabajar, vamos... atiende aquella mesa...
(Le cortó el encargado del bar, que ya era una persona
mayor).
Así que... el camarero se fue y me dejó con la
intriga.
Mientras me tomaba la cerveza pensé que eso
aclaraba mucho las cosas. Los mataron el mismo día del
cumpleaños, y dentro de la casa, pero... si la policía no
encontró los cuerpos, es porque se los llevaron, o los
enterraron en la parcela. Me seguía haciendo muchas
preguntas, pero ya tenía algo claro: que esos ruidos y
movimientos extraños, ya no cabía duda de que eran
provocados por la familia Salazar!!!.
Regresé de mi paseo con Nube, y en la mansión
estaba esperándome Mario. ¡Ahora sí que no entendía nada!,
así que le pregunté:
¿Qué ha ocurrido? ¿Por
qué vuelves?.
Me lo pensé bien. No
podía dejar a mi hermanito aquí, solo, con tantas cosas
extrañas. Además, me encontré con Marta en un bar de
carretera y me contó lo ocurrido. Pensé que no podías
pasar tú solito por esto, y regresé. No te preocupes por
Marta y David, están con mi mujer y mi hija, camino de
Madrid. Ahora... ¿Me vas a dar un abrazo, o no?.
Por supuesto que sí... y
nos dimos un gran abrazo.
Pero, ¿cuántos días vas a
quedarte?.
Tenemos planes,
¿recuerdas?. La casa rural... además, deja ya de hacer
preguntas, ¿Quieres?. ¿Qué tal si abres la casa para que
podamos entrar a ver a nuestros amigos?.
Bueno, un poco de humor
no está mal, nos hace falta, ¿no?. Le dije... y abrí.
Entramos los dos a la casa. Me sentía mucho más
tranquilo, sabiendo que podía contar con mi hermano y no
estaría solo, además sabía que mi familia estaba bien.
Aprovechamos la tarde y fuimos a una feria de
ganado para encargar tres caballos. Dimos una señal y los
traerían cuando tuviéramos hechas las cuadras. También
fuimos a una empresa de construcción del pueblo, pero se
negaban a hacernos la obra porque decían que no entraban en
una casa maldita, en la que, según ellos, había desaparecido
el hijo del jefe.
A la mañana siguiente, a primera hora, vino el
párroco y empezaron a ocurrir cosas rarísimas: todos los
objetos de la casa eran móviles de repente, todo se movía:
las lámparas, los muebles, las puertas se cerraban y se
abrían... era una auténtica locura. El perro estaba rabioso.
Así que el cura se marchó y nos dijo que deberíamos hacer lo
mismo, que los espíritus no tenían pinta de que quisieran
marcharse. Cuando se hubo marchado él, todo volvió a la
normalidad.
Creo que lo mejor será
hacerle caso al cura, ¿no crees, hermanito?. Me dijo
Mario.
Ni hablar, Mario... vete
tú si quieres. Yo voy a solucionar esto y voy a vivir
aquí con mi familia. Llegaré hasta el final.
Ni hablar, no te dejaré
de nuevo solo. Además, era solo para comprobar que
estabas totalmente seguro sobre esto. ¡Ahora veo que sí
lo estás!. Estamos en esto los dos, y lo solucionaremos,
ya verás!!!. Creo que ahora deberíamos salir un poco a
despejarnos. Nos merecemos un café, ¿no crees?.
Venga, vamos a por ese
café. Le contesté, muy agradecido, por estar a mi lado.
Camino al pueblo, en el coche de Mario, me
pasaron mil cosas por la cabeza: ¿Por qué cuando vino el
cura se puso la casa tan terrorífica? ¿Será porque la
familia Salazar quiere transmitirme algo antes de marcharse
del todo?... por otro lado... ¿Cómo estarán Marta y David?
Esta pregunta no podía evitar hacérmela. Me hacía tantas
preguntas, que intenté
seguir el consejo de Mario, desconectar y
disfrutar del momento con mi hermano.
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